Una vez conocí a un hombre;
un hombre valiente, decidido, atrayente pero también temeroso, vulnerable y solitario.
Él solía salir a pasear en las noches de luna llena, y tararear canciones desconocidas para la gente de la época, solía vestir de traje y sombrero, como sacado de otro siglo.
A los niños les contaba historias fantásticas que los atemorizaban y aterraban a las noches, y se reía al saber que aquello les pasaba, así disfrutaba de su vida como una melancólica historia que sabes que no va a terminar bien. Sabía tocar el piano y la guitarra, él fumana cuando se aburría y así imaginarse imágenes conocidas con el humo.
Una vez se perdió bajo la lluvia, me había dicho que se había aburrido del gris oscuro de la ciudad y decidió marcharse, con sus zapatos recatados y su traje perfectamente planchado a caminar entre lo que él llama su alma, a vagar entre la niebla.
Y así, mientras sus labios se cortaban por el frío alzó una mano contra la ciudad maldiciendola por impedir encontrar el camino para poder salir de aquel lugar maldito, aquel gris oscuro de los edificios que le impedía ver a su amada, de color blanco pálido, entre la inmensa oscuridad, era hermosa luz, ese astro que gobernaba la noche.
Él murió y ella se escondió para superar su dolor escondiendo su llanto, su lamento...
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